ÉRASE UNA VEZ MELILLA

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GRUPO DE ESCUELAS MIXTAS

EN EL BARRANCO DEL LOBO

viernes, 19 de marzo de 2010

Capitán Melgar, por J.A. Fraguas






CAPITÁN D. ANGEL MELGAR Y MATA, calle del

Por José Antonio Fraguas
( Texto obtenido de su libro “Calles del Romeral” )

Fecha oficial de su denominación....... l.909.
Longitud.............................................. 215,40 metros.
Entrada................................................ plaza de la Constitución.
Salida................................................... plaza de Mariano García Rodríguez.
Es calle principal y antigua siendo conocida en el Catastro de la Ensenada como la calle que va de la plaza al mesón y como perteneciente a ella se incluía la fachada de casas que da a la Plaza donde hoy se ubican el hogar del jubilado y el consultorio médico.

Su nombre
Ante la falta de datos definitivos, apunto la del otoño de 1909 y, en una fecha poco anterior al primero de noviembre ya que en ese día se descubrió la placa en la casa natal del Capitán y que aún hoy día se puede ver en la calle de Cervantes 18. A ello debo añadir que en la relación de calles que aparece en el padrón de habitantes de 1910 nombra ya a esta vía de la siguiente forma: calle de la Aduana o Melgar. Aparte de esta circunstancia, sobre las fachadas de la calle del Capitán Melgar aún perduran dos rótulos originales de la calle que por sus características de los azulejos son seguramente los primitivos.

Calle del Capitán Melgar fue, sin embargo, una denominación que tardó en cristalizar entre la población, ya que en distintos documentos éste se combina junto con su precedente de calle de la Aduana. A partir de 1924 el padrón de habitantes sólo se refiere a ella con el nombre que hoy todos la conocemos, y prácticamente desde esa fecha, se impone de manera definitiva siendo aceptada de manera inequívoca por toda la población de una manera plena pues ni tan siquiera, esa es al menos es la idea que se saca tras leer los libros de acuerdos municipales, en tiempos de la II República hubo intentos de suprimir del callejero el nombre de este militar romeraleño tan unido a la monarquía.

Sobre sus datos biográficos existe además de su hoja de servicio un sabrosísimo libro editado a los dos años de su muerte, escrito por su compañero Rafael Villegas en noviembre de 1911, ejemplar patrocinado por sus, también, compañeros de promoción de la Academia de Infantería en el que se expresa, a través de sus líneas, el respeto y admiración de que fue objeto nuestro paisano. Sin embargo, como ocurre siempre, cuando empiezas a interesarte por un personaje salen nuevos datos que aumentan sensiblemente tu bagaje sobre la persona en cuestión.
Lo que viene a continuación y a modo de preámbulo, son pequeñas notas, unas sacadas de la tradición oral, otras extraídas de reseñas de libros que servirán para tener en conocimiento más exhaustivo de este oficial de nuestro ejército. Tras ellas transcribiré el pequeño libro antes reseñado al que he adjuntado de mi propia cosecha unas notas a pie de página con el fin de aclarar lugares, datos y fechas para una mayor y fácil comprensión.

Ángel Melgar y Mata
Ángel José Higinio de Melgar y Mata nació en El Romeral el 11 de enero de 1.876 en la casa hoy numerada con el 18 de la calle de Cervantes. Su padre don Sebastián de Melgar y Díaz era un hacendado de la villa y hermano del general Francisco Antonio de Melgar que hoy también disfruta de una calle en el pueblo. Su madre, doña Eloisa Mata y Parra era vasca, natural de la villa guipuzcoana de Motrico.
La tradición oral dice que el padre del capitán Melgar deseaba que su hijo estudiase medicina, pero era tanto el amor que profesaba por la milicia que en una ocasión, estando ayudando a los jornaleros de su casa en las viñas que la familia tenía por el Presado, pasó por la carretera de Andalucía un contingente de militares que venían de efectuar unas maniobras, el joven Ángel Melgar se unió a ellos de forma voluntaria y ahí empezó su carrera militar. Evidentemente no sé si esto se ajustará total o parcialmente a la realidad pero aunque no fuera así, el intento de enrolarse voluntariamente en la milicia hubo de tenerlo de manera muy temprana.
De la vida privada del capitán Melgar sabemos que fue soltero, aunque cuando murió estaba prometido con su prima hermana doña Isabel Melgar Villarejo, hija del general don Francisco Antonio Melgar y Díaz. Tuvo más hermanos, alguno de ellos como Alfredo también siguió la carrera militar, pero sólo le sobrevivió una hermana doña Sagrario Melgar y Mata que falleció en León en 1942.
Un dato muy poco conocido sobre Melgar tiene como escenario la estación de El Romeral: el día 22 de julio de 1909, el capitán Melgar, enrolado en las tropas que habían de participar en las Campañas de África, fue embarcado en el convoy ferroviario que desde Madrid le habría de conducir a Málaga para, desde su puerto, zarpar para Melilla donde arribó el día 24. En su viaje por ferrocarril obtuvo permiso de la superioridad, dado su jerarquía y su relación con el Rey, para que el tren parase durante 15 minutos en su pueblo y poder despedirse de la familia y de su novia. Cinco días después (el veintisiete de julio) de este encuentro, el capitán Melgar moría en las cercanías de Melilla, en el llamado Barranco del Lobo.

El cadáver del capitán Melgar junto con el de otros muchos oficiales y tropa no pudo ser recogido inmediatamente tras su muerte sino que se hizo dos meses después, el 27 de septiembre, merced a la incursión que el Teniente Coronel de las Navas al mando de su batallón, hizo por el Barranco del Lobo. Recuperado su cuerpo fue trasladado al Panteón de Héroes de Melilla donde reposan sus restos.

Resta añadir que por su acción y a título póstumo finalmente se le concedió, en 1912, la Gran Cruz Laureada de San Fernando que solicitaban sus compañeros y su madre; y en Madrid, un año antes, en los Jardines de Lepanto al costado de la plaza de Oriente y frente al Palacio Real se le erigió un busto sobre un alto pedestal cuyo autor es el escultor Julio G. Pola. La obra fue erigida por propia iniciativa del rey Alfonso XIII quien, según reza la leyenda situada al pie del monumento, cedió terreno y materiales para que ello se llevara a cabo.

A ÁNGEL MELGAR
Sus Compañeros de la 1º Promoción de la Academia de Infantería
Entre cerros de yeso coronados de aspados molinos, no muy lejos de lugares inmortalizados por el gran Cervantes, en la región manchega, duerme la arcaica villa del Romeral, cuna del bravo cuya memoria enaltece esta loa y el monumento que, como compañeros y admiradores, nos hemos honrado en ofrendarle.
Y si es ley no desmentida que en el carácter del hombre hay destellos espirituales, reflejos del ambiente que primero respiró, si cada comarca con su naturaleza viva y cada pueblo con sus caserones yertos influyen en nuestra modalidad, no es de extrañar que en el alma de Melgar hubiese amasijos de noblezas linajudas con seriedades de hidalgo, llanezas de labriego y arranques quijotescos de señorón castizo. Amor á su tierra, culto del deber y orgullo del bien obrar, fueron la mejor herencia que le dejaron los que por su honradez y ejemplaridad tuvieron nombre envidiable y reputación bien cimentada.

Vicisitudes y apremios alejaron á nuestro camarada del pueblo en que vió la luz primera, y en la vida movediza del empleado, profesión póstuma del padre de Melgar, en peregrinación pródiga en vicisitudes y escasa de bienandanzas, comenzó éste la suya. Educación de niño, inspirada en la austeridad y sanas doctrinas de nuestra clase media, hizo germinar en su infantil corazón sentimientos precursores de inmaculado proceder y espíritu esforzado, características de una existencia tan lealmente inmolada á la Patria.

Primero en la corte, en la ciudad imperial después, cursó los estudios del bachillerato, y profesores tan doctos como Commelerán, Ibo-Alfaro, Serrano Fatigati, Araujo, Reyes, Milego, Navarro Ledesma y Borges, modelaron su inteligencia y dieron cultura á un espíritu templado para toda clase de empresas. El inolvidable teniente coronel Solá, maestro de alumnos y aspirantes, lo fué también de Melgar. En su honrosa compañía se preparaba el que al escribir estos párrafos llora al amigo del alma, íntimo desde aquellos días, sólo amargados por las negruras del encerado y los sobresaltos de las clases. La resultante de estos trances henchidos de ilusión fué nuestro ingreso, el 1.893, en la Academia de la inmortal Infantería, siendo filiado Melgar con el número 397, el 27 de agosto. En día 27 ofreció su vida á España; en día 27 cumplió la promesa... Arcanos insondables del destino...

Aquellos muros perdurables del Alcázar de Carlos V, inconmovibles á la destrucción y al tiempo, comunicaron al apuesto alumno su fortaleza inquebrantable, y la gallardía de aquellos macizos torreones tuvo refracción gloriosa en su cuerpo recio, coraza de un alma forjada para lo imperecedero en la histórica mole toledana, solar de virtudes y amores patrios.

El proceso de esta metamorfosis, la formación del héroe fué labor santa de aquel profesorado admirable, de aquellos dignísimos jefes y oficiales de Mayoral, San Pedro, Villalva, Ostenero, González Iragorri, Renter, Díez Vicario, Dema, Hilario González, Gómez de Salazar, Ortega, Riera, Borja, Arraiz, Gastalber, García Ramírez, Castaños, lniesta, Caturla, Ruiz Fornells, Casanova, Lanza, Valero, Navarro, Berenguer, Fernández España, Calero, Melgar, Araujo, Montemayor, Bellini, Solchaga, Ruiz, Bonet, Budia, Tiralaso, Suárez Madariaga, Pérez Navajas, Moreno Vega, Monedero, Bosmediano, Escudero, Monjo... todos en fin; que a todos recordamos con igual veneración y son inolvidables de los que por llamarse sus discípulos procuraron honrar en paz y en guerra esta título de estirpe distinguida y preclara procedencia.

La insurrección cubana, iniciada en febrero de 1.895, motivo de aceleración en los cursos militares, lo fué también de estímulo y de anhelos para los que, como Melgar, deseábamos probar aptitudes en funciones de más fuste que los ejercicios y supuestos de los Alijares. No fué larga la espera ni hubo tiempo de impacientarse. Destinado á Cazadores de Manila en fin de junio, después de ajetreos y preparativos en Aranjuez, Alcalá y El Pardo, en octubre marcha á la campaña con el batallón de Puerto Rico. En Sancti-Spiritus, con la columna del general Segura, comenzó las operaciones, y en su primer encuentro en Cañada Majagua, perdió caballo y dinero. Acaso fué profecía... Sin caballo no le era fácil proseguir la campaña. En su postrer combate del Gurugú perdió también dinero y el vehículo material de la existencia sin él no ha podido seguir la lucha mundial, y su alma hubo de emigrar al cielo.

En La Habana y Pinar del Río, á las órdenes del malogrado general Pintos, cumplió como bueno en las reñidas acciones del “Callejón del Brujo”, “Ojo de Agua”, “Salto del Chivo”, “Lomas del Rubí” y en cuantas, por la actividad de su columna volante, se vió en el deber de tomar parte. Su decisión y comportamiento le valieron, entre otras recompensas, el ascenso á primer teniente, con que continuó la campaña. Unida entonces su suerte á la del que era coronel Pintos, sirviendo después con él, ya general, en la normalidad de la paz, sucumbieron ambos en el mismo día y con igual gloria.

En las márgenes palúdicas del río Cauto, por los escarpados farallones y abruptas lomas de Santiago de Cuba, continuó las operaciones dando siempre, como en “Guisa” y “Monte Obscuro”, pruebas de serenidad y arrojo. Con desalientos y amarguras del lastimado orgullo patrio, volvió Melgar á España, buscando en el estudio y la enseñanza tregua para los sufrimientos de su espíritu; en el Colegio de María Cristina, al lado de los huérfanos sagrados de la Infantería, demostró, en algunos meses de laboriosidad y constancia, aptitudes para el profesorado, paciencia inagotable y bondad para hacerse querer de aquellos simpáticos niños.

En los diez años siguientes, hasta la reciente expedición al Rif, su vida militar fué, no obstante la normalidad de la paz, movida y variada, sin las prolongaciones monótonas de la localización ni las persistencias en los mismos servicios. Por el contrario, con continuos viajes y tragines, quiso la Providencia hacerle pasar, en poco tiempo, por vicisitudes y peripecias que podrían acreditar á veteranos pensionistas de la Placa.

De esta manera, el destino, sabio en sus predicciones y mandamientos, completó una existencia militar eficaz y sin tacha.
Así, en 1900, desde Cáceres, con el batallón de Talavera forma en el cordón sanitario con Portugal, y la vida montaraz, de un verano bien medido, se repite en toda la primavera siguiente con la extinción de langosta en Ciudad Real.

Ascendido á capitán en junio de 1901, sirvió en el batallón de Ciudad Rodrigo, de cantón en Alcalá, y los nublados de África le hicieron marchar con su tropa á Ceuta, en cuya plaza permaneció de enero á fin de noviembre. Otros nublados que cuajaron en tormentas de desgracias y desolación íntimas, le volvieron á un destino de aproximación á los suyos: en el regimiento de San Fernando, desde Leganés, pudo consolar aflicciones y llorar él mismo infortunios de un año cruel.

Estaba escrito que su permanencia sosegada en la guarnición de Madrid fuese para él un sueño irrealizable, y el conjuro siguió persiguiéndole. Nuevo pretexto para ello fueron las previsiones que por la guerra ruso-japonesa obligaron á movimientos de fuerzas, marchando su regimiento á Lugo, donde pasó un año entero. A su término volvió á la corte, destinado al Inmemorial del Rey, y seis meses después al batallón de Arapiles, en que trabajó con perseverancia y buen deseo. Su paso por esta unidad tampoco fué sedentario. Aparte de excursiones de prácticas y acantonamientos al Campamento, Leganés, El Pardo y Navalcarnero, para que nada faltase en sus menesteres profesionales, las huelgas mineras de Santander le hicieron visitar el Astillero, en el verano de 1906.

Después... ya sabéis lo que ha ocurrido. Salió de Madrid con muchos reservistas y pocos soldados para dar gloria á su nombre y honor á la Infantería. Fué su postrer viaje y... no vuelve ya. Ha ido más lejos, está en el cielo...

Tan pródiga como en viajes fué su alternativa en comisiones y servicios; pasó por todos los cargos de confianza; fué abanderado, profesor de clases y ayudante, sirviéndolos con el celo y amor que ponía en todo. Como instructor y capitán de filas, de aptitudes excepcionales y brillantes, mereció del Excmo. Sr. Conde del Serrallo, General Inspector, en la revista de 1907, la siguiente nota estampada en su hoja de servicios:

“Me conformo con la anterior conceptuación (excelente), pero ampliándola, como procede en justicia, para que se pongan más de manifiesto, para mayor relieve y le sirvan de recomendación en su carrera, las excelentes cualidades que en él concurren, por su disposición, energía y tacto para el mando. Este oficial será un brillante jefe”.
Poco después de este elogio inusitado obtuvo de S.M. la alta distinción de ser nombrado su ayudante honorario, enalteciendo los méritos de Melgar con una elección recibida por la Infantería con unánime aplauso. Fué para nuestro querido Soberano una iniciativa simpática en favor de la oficialidad modesta y laboriosa, y con ella acreditó, como siempre, su solícito interés por el Ejército.

Las dotes de mando de mi biografiado, su apego á las cosas del oficio y la nobleza de su carácter, le valieron tan preciadas recompensas y el concepto de militar celoso y cumplidor que á todos nos merecía. Sus arrestos póstumos y el sacrificio viril de su existencia, han correspondido á tanto honor; el lema “Nobleza obliga” no fué por él olvidado.

La odisea trágica, epílogo de su vida, bien merece especial mención, dando á conocer detalles y pormenores tan gloriosos como interesantes.

En los días que precedieron á su marcha trabajó con ardimiento y fe; la idea de ir á Marruecos con sus soldados y pelear en un batallón que creía invencible, lo sugestionaba por completo. La realidad de una movilización amargada por actitudes bastardas del pueblo, contristó algo su ánimo, aunque sin quebrantar entusiasmos ni los optimismos del triunfo, que hasta la muerte le acompañaron.

Desde el campamento del Zoco escribía en su última carta del 26: “Estos reservistas ya están de otra manera que cuando salimos; las privaciones y los tiroteos de estos días van transformando en soldados los que sacamos de Madrid con tanto alboroto, pero da pena oirlos recordar á sus familias... Uno de los heridos, pedía por Dios que no se abandonase á sus pequeños...”

Este párrafo encierra una completa enseñanza de lo que pudo haber sido y el destino no quiso que fuera. Faltó tiempo para que los reservistas se convirtieran por completo en soldados, sobrevino el combate imprevisto y cruento. Y esas frases de cariño por el soldado, proverbiales del oficial español, pintan el carácter bondadoso de Melgar. Deberían ser estudiadas por los que en los andenes del Mediodía, y á las puertas mismas de los cuarteles, encomiaban la sedición y la cobardía.

Según testigos presenciales y relatos de autoridad bien notoria, al iniciarse el combate del 27, tres compañías de Arapiles quedaban en reserva del flanco izquierdo; pero el desarrollo de la acción fué tan rápido y sangriento, que allí mismo llegaron los proyectiles rifeños, produciendo bajas tan perturbadoras y sensibles como la del teniente coronel Ortega, jefe principal del batallón. Como el comandante estaba en otra función del servicio, el capitán Melgar, ayudante, y más antiguo que los tres restantes, asumió el mando, en condiciones graves de responsabilidad, que en circunstancias menos difíciles no le habría alcanzado. Y porque fué preciso, y era el partido más propio de su espíritu y honor, dispuso tácticamente el avance; y á la cabeza de una de las compañías, con empuje epopéyico y ansias inquebrantables de llegar, corrió delante de los suyos gallardo y animoso. En aquel torneo de bravura, presagiando la gloria que vislumbraban, muchos le siguieron con el mismo ímpetu: Navarro y Pazos, entre ellos, con los demás valientes de tropa que entraron en la inmortalidad á un tiempo mismo. Y á ella llegaron, porque á más de su arrojo, en la situación creada, para Melgar sobre todo, de no vencer era preciso morir. Por eso se negó á ser retirado, y prefirió, después de herido, quedar en su puesto.

El castizo y culto escritor López Alarcón, en su obra Melilla-1909.-Diario de la Guerra, relata con gran colorido y verdad los momentos de varonil decisión en que se pusieron en movimiento estas fuerzas.
“Las Navas y Llerena –dice- estaban triturados, desechos por el fuego enemigo. Pero había que subir á la posición marcada en la conferencia del Hipódromo. Entonces avanzó Melgar con las compañías de Arapiles. Llevaba, según decían los suyos, emocionados, llorosos, llenos de estupor y de rabia, de desaliento y coraje, llevaba un gesto digno de Prim. Gritaba á los suyos, enardecía á los oficiales y electrizaba á los soldados. La nueva falange de hombres heroicos, rebasó la línea donde habían sido destrozados Llerena y Las Navas...”.

Leed las versiones de algunos que presenciaron este final heroico:

El teniente D. Bernardino González, que como sargento asistió y fué herido en aquella jornada, decía en carta á la vista: “...al poco tiempo de la baja del jefe, tomó el mando de la fuerza el capitán Melgar (q.e.p.d.), y después de dar las órdenes para el avance, comenzó éste, saliendo las compañías formadas en línea de columnas de á cuatro, con grandes intervalos, marchando la primera por el flanco izquierdo, la tercera por el derecho y la segunda por el centro. A la cabeza de ésta iba el capitán Melgar, y el que subscribe formaba en la primera sección de ella. Las compañías recorrieron á la carrera, y en la forma dicha, unos setecientos metros, desplegando en guerrilla á esta distancia y continuando el avance á igual aire. Durante este avance, el enemigo, oculto en los accidentes del terreno nos batía de cerca, siendo numerosas las bajas que nos produjo. Pero á pesar de esto, la sección , alentada por el ejemplo del capitán Melgar, que va á su frente, á la derecha de la guerrilla y animando á la gente con aquellas sublimes voces, que todos los que no sucumbieron tendrán grabadas en su memoria ¡Viva España !, ¡arriba, valientes!, ¡arriba, Arapiles! ¡Ese es un héroe !... (señalando al que caía), atraviesa el barranco de la derecha y avanza por la loma que existe entre este barranco y el del Lobo. En este momento el fuego que nos hace oculto el enemigo, es horroroso. El capitán Melgar, que marcha unos diez pasos á mi derecha, está herido, se le ve una mancha de sangre en la parte superior de su pierna izquierda. A pesar de esto, sigue alentando á la tropa y avanzando con ella hasta que tomamos posiciones á media ladera y dominando el Barranco. La guerrilla aprovecha los accidentes del terreno, él permanece de pie, siempre animando á su gente y dirigiendo el fuego. Llega un momento en que no se oye su voz, miro y veo que yace en tierra. El soldado Laureano Herrero Basilio, que fué su ordenanza de caballos, le asiste, me acerco, habla unas palabras imperceptibles y expira... No se avanza más. Empieza el desaliento, el enemigo, al ver que disminuye el fuego, se nos viene encima, se oyen voces de “que nos copan”, y, á retaguardia, un corneta toca retirada... No puedo precisar el momento en que el capitán fué herido por primera vez, ni si fué invitado por alguno para retirarse; la sangre se le vió momentos antes de llegar á la última posición, donde murió. Mi opinión es que se sintió herido, y sin dar cuenta a nadie siguió avanzando con desprecio de la herida y de su propia existencia, hasta caer mortalmente en tierra”.

“Cuando comenzábamos á dar el ataque,-escribía desde El Cubillo (Guadalajara), el soldado Félix Rivas,- subía el capitán Melgar delante de la fuerza, caían proyectiles como agua y también soldados, y el capitán subía diciendo “Esto es hermoso”. Cuanto más avanzábamos más fuerza caía, y entonces, encolerizado, con los brazos abiertos, subía diciendo “Tirar á mi pecho, cobardes”. A poco nos mandó por la izquierda en guerrilla, porque vió que abajo, en el barranco del Lobo, había muchos moros. Todos hicimos el movimiento que nos mandó, estaba á mi derecha, y según estábamos haciendo fuego, vi que cayó de rodillas herido. Otro muchacho y un servidor le dijimos mi capitán, ¿le bajamos? Y no permitió que le bajáramos, sino que cogió el revólver y decía así “Arriba, hijos míos, no hay que retroceder”. “Al que retroceda le pego un tiro”... Cuando yo avancé quedó allí. Al cornetín Guinzo no le vi entonces, sería después que me bajaron á mí dos soldados de Llerena”. Este cornetín de órdenes, Manuel Guinzo, herido al lado de Melgar, decía en una carta: “El capitán Melgar, el 27, salió de los Lavaderos al frente del batallón con dirección á la cañada del Gurugú, animándonos con arengas entusiastas de un buen patriota, hasta que tuvo, la desgracia de ser herido en la pierna izquierda. El cual, al verse herido, con mayor furia que antes gritaba, al mismo tiempo que le decíamos: “Mi capitán, está usted herido y le hace falta curarse”. Nos respondía diciendo que hasta no vengar la muerte de todos sus soldados no era su deber el retirarse. Transcurrieron algunos minutos después de arengarnos diciendo que teníamos que matar á esos sabandijas, y tuvo la desgracia que en el momento de decir una voz: “mi capitán, los moros vienen por la derecha”, al volver la cabeza, una maldita bala moruna le hirió en el cuello para no volverse á levantar más. En el momento de verse herido de muerte me dijo las siguientes palabras: “Muchacho, dame un abrazo y quítame estos cordones que son mi mayor honra y... no pude entenderle más porque la muerte se le acercaba... Tengo grandes recuerdos y la honra de haber sido herido por querer recogerlo, que era un buen jefe y valiente, y yo lo hubiera recogido si no hubiera sido por la desgracia de, al mismo tiempo de ir á cogerle los cordones, caer herido; se los hubiera cogido si no es esa desgracia”.

¿Y para qué seguir copiando cartas que acreditan el temple de un soldado ideal? Todos le conocimos, y así debió ser forzosamente.
La comprobación oficial de este heroismo ha sido solicitada, como era de deber, por la espartana madre de Melgar, y es de desear que la justicia humana pueda honrar la memoria de nuestro compañero con la recompensa más preciada para el militar: la cruz de San Fernando.

Esta tragedia del 27, como para tantos mártires, fué para Melgar digno remate á una existencia de treinta y tres años consagrada al servicio de su Patria y de su Rey. El valor con que cumplió el juramento á la bandera, ha justificado su reputación y fervor militar. Con su comportamiento distinguido, logró unir á la gloria merecida, la gratitud nacional y el orgullo de los que fuimos sus compañeros.

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